viernes, 18 de octubre de 2013


Análisis fragmentario de una paranoia







Ella había sido instruida, desde pequeña, para enfrentarse sola ante las adversidades de la vida. Por su parte, los concejos fueron acatados con aptitud monástica: no recibas dulces de extraños, evita los callejones oscuros, no subas a carros sospechosos, aléjate de las personas pendencieras; asegúrate que las puertas y las ventanas estén bien cerradas; revisa tu cuarto y, ante todo, mira bajo tu cama antes de irte a dormir.
Las precauciones eran excesivas, el hecho de ser hija única no ayudó mucho a su situación. La sobreprotección de la que fue objeto se infiltró en ella de tal forma que llegó a ser parte integral de su personalidad. La paranoia fue creciendo; desconfiaba de cualquier persona que se le acercara. Sus grandes ojos parecían estar en permanente alarma. Si bien es cierto que esta actitud la mantuvo alejada de problemas, no le permitió hacer muchos amigos, y los pocos que tenía, a veces, la tomaban por loca.
Cuando ya era mayor y tenía que viajar sola, abría un libro a la altura de la cara, fingiendo leer para evitar conversación con alguien. El libro, generalmente, era el mismo; en su carátula había una hamaca blanca, en la cual se puede ver, acostado, un hombre con unas botas viejas. A fuerza de fingir (por alguna razón el libro siempre abría en la misma página), había aprendido algunos fragmentos de memoria y en sus noches de insomnio los recitaba hasta quedarse dormida. Al terminar la universidad consiguió con ayuda de influencias familiares un puesto en una oficina gubernamental. Ese mismo año, tras obtener un préstamo  bancario, adquirió un pequeño  apartamento cerca de la oficina; lógicamente, no se mudó hasta que instalaron un sofisticado sistema de seguridad y rejas en las ventanas. Consideró una gran ventaja la cercanía de su nuevo domicilio a su sitio de trabajo, ya que la sola idea de manejar un carro la aterraba. No le gustaba tomar el bus, porque el roce con otras personas es una oportunidad de oro para carteristas y ladrones de poca monta. En cuanto a los taxis, había leído en la prensa y visto en la televisión que muchos de los taxistas se prestan para robar y, en ciertos casos, secuestrar a sus pasajeros.
Caminaba a su trabajo por las mañanas y, de igual forma, regresaba por las tardes. Ello también tenía sus misterios. Nunca tomó la misma ruta dos veces. En ciertas ocasiones, se desviaba, considerablemente, de su destino para despistar a posibles perseguidores; esas caminatas la tranquilizaban. Hubo momentos en que no sabía si verdaderamente lo hacía por aquella razón o porque lo disfrutaba. Cada día de la semana alternaba las rutas, cuidadosa de no repetir la secuencia que había usado la semana anterior. Gustaba de efectuar los recorridos en zigzag, porque eran trayectos largos y por ende los que le resultaban más relajantes y, sobre todo, seguros.
Tiempo después, su desempeño en la oficina fue trascendiendo. Era una empleada eficiente y parecía no tener criterio. Para efectuar cualquier procedimiento se aferraba a los manuales y códigos establecidos para su cargo; era una burócrata perfecta.
Tales razones le merecieron ser exaltada, y obtener algunas menciones que le servirían para seguir su vertiginoso ascenso. A las reuniones, asistía animada sólo por un sentimiento de formalismo y su comportamiento variaba ligeramente  según la ocasión, ya fuera un cumpleaños, una fiesta de despedida o de bienvenida. Nunca compartió nada con nadie fuera de la oficina. No bebía más allá de la exactitud del brindis (cuando éste se presentaba); “la embriaguez es un estado que vuelve vulnerable a una mujer”, solía decirse para sí misma.
En la hora del almuerzo frecuentaba un modesto restaurante (por supuesto cerca de la oficina), donde inicialmente destacó por ser una clienta melindrosa en cuanto a proporción de sal y condimentos se refiere. Prefería la comida insípida, porque así podía detectar con facilidad posibles sustancias extrañas (en caso que alguien quisiera envenenarla).
Era una mujer joven, relativamente agraciada, y era natural que su instinto maternal eventualmente emergiera, por razones diversas. Cuando ello sucedía, un viejo recuerdo  llegaba para oprimirla: siendo todavía niña, jugaba en el patio bajo frondosos árboles, lanzando su muñeca hacia arriba. En algún lanzamiento, la muñeca quedó atorada entre las ramas. Naturalmente, emprender una operación de rescate sería muy peligroso para ella y por esa razón prefirió dejarla allí. La muñeca se mantuvo en la rama del árbol aun después de las brisas de agosto. El sol y la lluvia la empalidecieron, la reblandecieron y su piel textil fue cediendo ante los picotazos de los pájaros; el  relleno de algodón sirvió a los turpiales para hacer sus nidos. Los restos de la exigua muñeca quedaron izados en lo alto del árbol, como una bandera que tributó por largo tiempo su maternal negligencia. Eso pensaba aquella noche, después de cerrar con llave la puerta y correr los tres cerrojos que mandaba a cambiar cada nueve meses. Revisó las ventanas y activó la alarma. En su asombro no supo qué hacer; nadie le dijo  nunca cual sería el procedimiento a seguir, en caso de encontrar un hombre bajo su cama.  



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