Análisis fragmentario
de una paranoia
Ella
había sido instruida, desde pequeña, para enfrentarse sola ante las
adversidades de la vida. Por su parte, los concejos fueron acatados con aptitud
monástica: no recibas dulces de extraños, evita los callejones oscuros, no
subas a carros sospechosos, aléjate de las personas pendencieras; asegúrate que
las puertas y las ventanas estén bien cerradas; revisa tu cuarto y, ante todo,
mira bajo tu cama antes de irte a dormir.
Las
precauciones eran excesivas, el hecho de ser hija única no ayudó mucho a su
situación. La sobreprotección de la que fue objeto se infiltró en ella de tal
forma que llegó a ser parte integral de su personalidad. La paranoia fue
creciendo; desconfiaba de cualquier persona que se le acercara. Sus grandes
ojos parecían estar en permanente alarma. Si bien es cierto que esta actitud la
mantuvo alejada de problemas, no le permitió hacer muchos amigos, y los pocos
que tenía, a veces, la tomaban por loca.
Cuando
ya era mayor y tenía que viajar sola, abría un libro a la altura de la cara,
fingiendo leer para evitar conversación con alguien. El libro, generalmente,
era el mismo; en su carátula había una hamaca blanca, en la cual se puede ver,
acostado, un hombre con unas botas viejas. A fuerza de fingir (por alguna razón
el libro siempre abría en la misma página), había aprendido algunos fragmentos
de memoria y en sus noches de insomnio los recitaba hasta quedarse dormida. Al
terminar la universidad consiguió con ayuda de influencias familiares un puesto
en una oficina gubernamental. Ese mismo año, tras obtener un préstamo bancario, adquirió un pequeño apartamento cerca de la oficina; lógicamente,
no se mudó hasta que instalaron un sofisticado sistema de seguridad y rejas en
las ventanas. Consideró una gran ventaja la cercanía de su nuevo domicilio a su
sitio de trabajo, ya que la sola idea de manejar un carro la aterraba. No le
gustaba tomar el bus, porque el roce con otras personas es una oportunidad de
oro para carteristas y ladrones de poca monta. En cuanto a los taxis, había
leído en la prensa y visto en la televisión que muchos de los taxistas se
prestan para robar y, en ciertos casos, secuestrar a sus pasajeros.
Caminaba
a su trabajo por las mañanas y, de igual forma, regresaba por las tardes. Ello
también tenía sus misterios. Nunca tomó la misma ruta dos veces. En ciertas
ocasiones, se desviaba, considerablemente, de su destino para despistar a
posibles perseguidores; esas caminatas la tranquilizaban. Hubo momentos en que
no sabía si verdaderamente lo hacía por aquella razón o porque lo disfrutaba.
Cada día de la semana alternaba las rutas, cuidadosa de no repetir la secuencia
que había usado la semana anterior. Gustaba de efectuar los recorridos en
zigzag, porque eran trayectos largos y por ende los que le resultaban más
relajantes y, sobre todo, seguros.
Tiempo
después, su desempeño en la oficina fue trascendiendo. Era una empleada
eficiente y parecía no tener criterio. Para efectuar cualquier procedimiento se
aferraba a los manuales y códigos establecidos para su cargo; era una burócrata
perfecta.
Tales
razones le merecieron ser exaltada, y obtener algunas menciones que le
servirían para seguir su vertiginoso ascenso. A las reuniones, asistía animada
sólo por un sentimiento de formalismo y su comportamiento variaba
ligeramente según la ocasión, ya fuera
un cumpleaños, una fiesta de despedida o de bienvenida. Nunca compartió nada
con nadie fuera de la oficina. No bebía más allá de la exactitud del brindis
(cuando éste se presentaba); “la embriaguez es un estado que vuelve vulnerable
a una mujer”, solía decirse para sí misma.
En
la hora del almuerzo frecuentaba un modesto restaurante (por supuesto cerca de
la oficina), donde inicialmente destacó por ser una clienta melindrosa en
cuanto a proporción de sal y condimentos se refiere. Prefería la comida
insípida, porque así podía detectar con facilidad posibles sustancias extrañas
(en caso que alguien quisiera envenenarla).
Era
una mujer joven, relativamente agraciada, y era natural que su instinto maternal
eventualmente emergiera, por razones diversas. Cuando ello sucedía, un viejo
recuerdo llegaba para oprimirla: siendo
todavía niña, jugaba en el patio bajo frondosos árboles, lanzando su muñeca
hacia arriba. En algún lanzamiento, la muñeca quedó atorada entre las ramas.
Naturalmente, emprender una operación de rescate sería muy peligroso para ella
y por esa razón prefirió dejarla allí. La muñeca se mantuvo en la rama del
árbol aun después de las brisas de agosto. El sol y la lluvia la empalidecieron,
la reblandecieron y su piel textil fue cediendo ante los picotazos de los
pájaros; el relleno de algodón sirvió a
los turpiales para hacer sus nidos. Los restos de la exigua muñeca quedaron
izados en lo alto del árbol, como una bandera que tributó por largo tiempo su
maternal negligencia. Eso pensaba aquella noche, después de cerrar con llave la
puerta y correr los tres cerrojos que mandaba a cambiar cada nueve meses.
Revisó las ventanas y activó la alarma. En su asombro no supo qué hacer; nadie
le dijo nunca cual sería el
procedimiento a seguir, en caso de encontrar un hombre bajo su cama.
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